Quiero dejar constancia de mi cobardía, así, por escrito, para poder recriminarme en un futuro que siempre he sido consciente de ello.

Sepan que soy un cobarde sin remedio, pusilánime a tiempo completo, incapaz de enfrentar la realidad. Tengan claro, que sin lugar a dudas no poseo ni valor ni ánimo para tolerar más desgracia y es que tal vez ya lo consumí y no me queda más.

No pretendo preocupar, al contrario, estoy dispuesto y aunque no tengo claro a qué voy a desgarrar un poco de mi silencio, que al menos me sirva para dejar constancia de que alguna vez tuve el desánimo de hacer.

Creo que me he acostumbrado a contenerme, a permitir que la presión censure mi palabra y es que cada vez que callo por no herir, por respeto, por no malgastar saliva ni tiempo, por no dejarme ver, en realidad lo que ocurre es que me estoy consumiendo.

Me temo que el tiempo pasa sin pedir mucha cuenta y si no dices algo se queda sin decir así que voy a intentar que al menos, pueda recordar lo no dicho y lo no hecho.

Comenzaré por contar una de esas situaciones, en las que la cobardía y la desgana me hicieron no actuar. No esperen gran cosa, mi vida no es una cruzada y mucho menos pomposa o rimbombante. Simplemente es una situación, normal, cotidiana y en cuanto las transcriba absurda.

El primer recuerdo me viene de hace ya unas semanas, tal vez meses, a saber. Les pongo en situación. Me he sacado el carnet de conducir recientemente pero no tengo coche, así que a menos que se apiaden de mí no practico, je. Un alma de esas piadosas se ofreció, yo encantado y agradecido. Un trayecto corto, tranquilo que por obligación nos tocaba recorrer día a día. Con el paso de los días, tal vez debido al miedo de la praxis tal vez por otras pretensiones decidió que no más.

Así ocurrió, recuerdo solicitarle como era costumbre, me negó y me ofreció varias razones muy razonables a mi entender y aunque antes no tuviesen peso en las mismas circunstancias ahora parecía que sí lo tenía. No pasaba nada, lo entendí y no le dí mayor importancia.

Ahora bien, un día comiendo en familia, esa persona no tenía ganas de conducir para volver a su domicilio y mirándome, frente al resto, soltó que no me iba a preguntar si le subía porque me conocía muy bien y como yo era una persona muy orgullosa no aceptaría a llevarle. Por mi parte me resigne a no responder.

Ahora bien, mi respuesta estaba atada a mi lengua : Quiero dejarte dos puntos muy claros, el primero es que si no te llevo es porque al comienzo de la semana me aportaste varias razones, de peso, para no hacerlo y yo las respeto y como las respeto no te lo he vuelto a solicitar y no me lo he tomado a mal. El segundo punto es que no estoy pecando de orgullo, peco de ingenuo ya que pedirme ahora lo que me negaste ayer deja en entredicho tu palabra, y yo, siendo tan orgulloso como crees que soy, prefiero pensar en que no me has mentido y en que todo es un malentendido mío. A pesar de que me has mentido y te estás riendo de mí, con mucho descaro y delante de todos.

Como añadido dejar en claro que siempre he tenido en gran estima a esa persona y pese al “malentendido” todavía le estoy muy agradecido. Pero después de tantos años que esa persona, tan cercana a mí, todavía no tenía ni la más remota idea de quién soy, eso nunca lo olvidaré, y no por lo de aquel día, sino por la suma de muchos.

Actualizo: Ha pasado un día, releo lo escrito y me siento un tanto ridículo, es normal, he hecho el ridículo. Doy la misión por completada con el apunte de volverlo a repetir.

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