“The Fifth Heaven- Emma Chaplin”
El Glaucus atlanticus es un molusco nudibranquio. Una extraña babosa que pasa toda su vida flotando cabeza abajo en la superficie de los océanos. (Ver galería de imágenes en flickr)
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Me he topado con un juego flash muy pero que muy bonito!
Se llama Samorost 2 y al parecer es la secuela de Samorost 1
El juego mezcla 2D con decorados realista y personajes maravillosos. Acompañado de una música muy acorde que te introduce en su mundo.
Si te gusta Samorost puedes probar otras obras maravillosas del mismo autor en amanita-design.net
Por Vicente Reale, sacerdote católico
¿Cómo es esto del “miedo a pensar”?, muchos se preguntarán desconcertados. Si todos los días -afirman- estamos pensando lo que debemos hacer, lo que debemos comprar, lo que debemos pagar, lo que haremos mañana. Sobre todo, los temas económicos ocupan la mayor parte de nuestra jornada.
Claro, no se trata de “ese” pensar. Sino de otro más complicado, más profundo y más comprometedor. Se trata de pensar nuestra propia vida desde las delicadas fibras de nuestros anhelos más íntimos comparándolos con la experiencia casi rutinaria de cada día. Cada cual, en su intimidad secreta, y seguramente sin saber lo que le pasa, se corta constantemente los caminos por los que puede avanzar en la incesante tarea de descubrir la verdad, comprender la realidad, salir de tantos engaños que la sociedad y la convivencia nos han contagiado.
Cuando nos animamos a ese ejercicio descubrimos, las más de las veces, que lo que pensamos, sentimos y hacemos en cada jornada está configurado más por el pensamiento, sentimiento y obrar de quienes nos rodean, que por nuestra propia elección y decisión. “Inconsciente colectivo”, le llaman.
Inconsciente que “maneja” nuestra conciencia y nuestras elecciones y que es omnipresente -hoy más que ayer- debido a la globalización de la información, de la cultura, de la tecnología, de las modas de todo tipo y color, de la publicidad y del dios “mercado” que todo lo domina.
O sea, resulta más sencillo y más cómodo hacer propio y repetir lo que otros han pensado. Por eso, entre otras cosas, el mundo entero se va cubriendo más y más con ese inmenso manto oscuro al que ahora llaman el “pensamiento único”.
¿Qué está ocurriendo en nuestro entorno? Una ciencia que potencia la tecnología y una tecnología que ya es imposible de abarcar, todo eso al servicio de los intereses de una economía desbocada. Esas tres cosas, ciencia, tecnocracia y capital, la nueva trinidad que manda en el mundo, ha desplazado al pensamiento.
Nos han metido en la cabeza que, en economía, no hay otra salida que restablecer y mejorar (o sea hacer más fuerte) el “sistema capitalista” y la economía de mercado, que están destruyendo el planeta y causando millones de muertos cada año.
Nos han convencido de que, en política, el Estado de derecho se edifica sobre la “democracia representativa”, que de hecho consiste en que cada cuatro años depositamos nuestra libertad de decidir en manos de los intereses de un partido político al que defendemos con uñas y dientes incluso cuando nos roba descaradamente. Y para rematar la faena, nos han dicho, por activa y por pasiva, que quienes van diciendo por ahí que “otro mundo es posible” son gente peligrosa y utópica, que, más tarde o más temprano, terminan siendo los “anti-sistema”, los “violentos”, a los que hay que mirar con recelo o con desprecio.
También en religión intentan convencernos de que, en estos “terribles tiempos de pecado y de secularismo”, lo mejor y más necesario es recurrir a lo que se dijo y a lo que se hizo en otros tiempos, ya que eso “dio resultado”.
Ciertamente, este miedo a pensar está muy emparentado con otro miedo, del que es hermano: “el miedo a la libertad”. El miedo a hacerse cada cual responsable de su vida y de sus actos, de sus pensamientos y de sus convicciones, de sus elecciones y de sus opciones. Claro está, asumiendo todas las consecuencias que se derivan de esas elecciones y opciones. De hacerlo así, cada uno podrá tener la posibilidad de aplicarse el superlativo adjetivo de “persona” en la misma medida en que se desafíe a escalar la escarpada montaña de pensar y de obrar con libertad interior. Por supuesto, teniendo presente que ese obrar no atrinchere o haga cenizas los derechos de otros/as.
¿Qué duda cabe que el pensar con la cabeza de otros y el obrar según lo que otros deciden hace “más fácil” la vida? Nos ahorra interrogantes y dudas, perplejidades y temores, luchas internas y luchas externas. Sobre todo, nos regala “la tranquilidad” de hacer lo que hacen todos, de reír o de gritar como los demás, de no ser la oveja negra del rebaño, de aquietar nuestra conciencia con el remanido -y deleznable- dicho: “el que obedece, nunca se equivoca”; pero habría que agregar que ese tal “nunca crecerá como persona”.
Precisamente ahora, cuando nos imaginamos ingenuamente que somos más libres que nunca, es ahora cuando estamos más controlados que nunca. En el ambiente social están flotando muchos “dogmas” Sean ellos civiles, políticos, religiosos, económicos, y más. El hecho es que el pensamiento dogmático no se acaba, al contrario, aumenta. Porque es la única manera de controlar a la opinión pública y de perpetuar la “mentalidad sumisa”, condición indispensable para que este mundo siga funcionando “como tiene que funcionar”.
Es mi convicción que sólo quienes luchan en su vida por alcanzar logros de libertad, aunque sean pequeños logros; sólo quienes orientan su vida desde ese proyecto, podrán aportar algo válido a esta humanidad tan machacada por “el pensamiento único” que a todos nos bloquea y no nos deja ni movernos. Y ya lo sabemos: un mundo paralizado, estancado, apoltronado en sus muchas ortodoxias, un mundo así, no va a ninguna parte. Ni dejará un futuro abierto a las futuras generaciones.
A fin de cuentas, sigue siendo cierto lo que, con magistral agudeza y profundidad, dijo Fedor Dostoievsky en la leyenda de El Gran Inquisidor, de Los Hermanos Karamazov (V, 5): “Te lo repito: no hay para el hombre deseo más acuciante que el de encontrar a un ser en quien delegar el don de la libertad”. Y así es. Lo que más terror nos produce (sin darnos cuenta de ello) es la idea de tener que cargar con el peso insoportable de la libertad.
Visto en www.mdzol.com
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
“¿Qué está pensando?”, pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
“Un lugar común”, dijo. “Tal para cual”.
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
“Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?”
“Sí”, dijo, todavía mirándome.
“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida.”
“Sí.”
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.”
“¿Algo cómo qué?”
“Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad.”
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
“Prométame no tomarme como un chiflado.”
“Prometo.”
“La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?”
“No.”
“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?”
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
“Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca.”
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
“Vamos”, dijo.
2
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
FIN
Visto en www.ciudadseva.com
Cell Size and Scale, del departamento de genética de la Universidad de Utah, es un interactivo que te deja con la boca abierta a nada que muevas el ratón sobre el deslizador para hacer zoom.
Visto en www.microsiervos.com
Me gustaría mostrar una fantástica ilustración que trata sobre “la evolución del hombre y la mujer” creada por Tom Rhode.
Puedes ver la ilustración a tamaño reducido o a tamaño completo.
En su blog explica el proceso y la experiencia recorrida para poder llevarla a cabo, aunque se encuentra en inglés.
Visitar The Evolution of Man and Woman + process de Tom Rhode.
Recordar que hace tiempo compartí una ilustración de Milo Manara sobre “La historia de la humanidad”
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